Menina e moça

Tiene nombre de mujer, pero es tan suya que yo no la catalogaría bajo ningún género.
Ella se muestra tan auténtica que a mí me hace sentir vergüenza el sentir pudor. Parece que con su luz meridional y atlántica te abraza y te invita a despojarte de trapos sucios y pieles muertas.

Lisboa te llama al orden si te pilla por algún casual en horas bajas contigo mismo. Lisboa da ejemplo. Lisboa te dice, “mírame a mí con mis callejuelas estrechas, lúgubres y mudas cómo me abro paso a encaladas casonas salpicadas de azulejería celestial”. Ella te enseña cómo pavimentos destrozados por el abandono se unen a mantos de teselas pulidas que reflejan en un mosaico de luz las puertas de un paraíso.
Si te sientes feo te dice “¿pero tú has visto mis fachadas desconchadas y carcomidas? Ahora asómate a su interior e intuirás el palacete que fue y puede seguir siendo”
Cuando te sientes pequeñito Lisboa te dice “Fíjate en mis gentes, hablando en susurros en las calles pero…acércate a las casas de fado y verás cómo sin ningún tapujo se abren el pecho para hacer a sus entrañas cantar a viva voz”.

Si sientes que tu humildad no luce, Lisboa te abre el apetito con los olores de esas cocinas en tascas caseras que alimentan estómagos y espíritus hasta dar gloria.
Lisboa enseña que es lo auténtico lo que atrae, lo que gusta y lo que se disfruta. Esa ciudad tiene espejos por todas partes, en sus suelos relucientes, en su río, en su océano.
Lisboa te susurra desde sus miradouros, “ya me has descubierto, ya te has descubierto…ahora tú ya no te escapas ni de mí…ni de ti”.

Como ascua en mano

Ahora mismo me estoy acordando mucho de Buda y de Frozen al mismo tiempo. No sé si esto le ocurre a todas las personas de la humanidad o sólo a algunas. Pero a mi me ocurre en ocasiones que ciertas situaciones hacen que el cabreo me invada hasta tal punto que creo que mi persona podría servir de combustible para un tren a vapor Madrid-Burgos.

Ese sentimiento de indignación que causa enojo, según la RAE, hace que me metamorfosee en un auténtico martillo pilón durante un tiempo bastante incómodo para mí y para todos mis compañeros. Y es que no lo puedo evitar. Y es que además, pienso y siento que si lo intentase reprimir, explotaría como si fuera un lemming de estos suicidas.

Menos mal que un día viendo La 2, estaban echando un reportaje chulísimo sobre los reinos de Buda que iban salpicando con citas de este ser tan magnífico que era muy humano llamado Siddhartha.
Uno de esos mensajes decía algo así como (estoy parafraseando) que la ira, mundanamente llamada «cabreo monumental», es como un carbón candente en nuestras manos. Si lo mantienes durante mucho tiempo al final te terminas quemando. Y entonces tuve una epifanía ahí mismo, en ese momento, que me gustaría compartir por si a alguien le sirviera también. Es natural que sintamos ese enfado importante, de vez en cuando, en nuestras vidas. Hay situaciones que realmente causan un enojo bastante serio que no podemos controlar, y creo que es justo. Lo que sí está en nuestras manos, y nunca mejor dicho, es la habilidad para soltar ese fuego abrasador antes de que nos convierta en antorchas humanas.

¿Dónde entra Frozen en todo esto? Pues en mi caso me acuerdo de la peli y de su canción Let it go, que yo traduzco para mis adentros como “chica, déjalo ya” y que me ayuda bastante a dejar caer el carbón incandescente de mis manos y ya de paso a pensar un poco más nítida y serenamente, que es yo creo cómo se tiene que pensar.

Total, que me estoy dando cuenta de que esto de sentirse airado debe ser algo bastante comúnmente humano. A fin de cuentas Buda hablo de ello en el siglo V a.c. y la reina Elsa en Frozen a su manera también estaba hablando en su famosa canción de cómo manejaba sus cabreos, y todos lo sabemos, por eso pegó tan fuerte, vamos, estoy segura.