Menina e moça

Tiene nombre de mujer, pero es tan suya que yo no la catalogaría bajo ningún género.
Ella se muestra tan auténtica que a mí me hace sentir vergüenza el sentir pudor. Parece que con su luz meridional y atlántica te abraza y te invita a despojarte de trapos sucios y pieles muertas.

Lisboa te llama al orden si te pilla por algún casual en horas bajas contigo mismo. Lisboa da ejemplo. Lisboa te dice, “mírame a mí con mis callejuelas estrechas, lúgubres y mudas cómo me abro paso a encaladas casonas salpicadas de azulejería celestial”. Ella te enseña cómo pavimentos destrozados por el abandono se unen a mantos de teselas pulidas que reflejan en un mosaico de luz las puertas de un paraíso.
Si te sientes feo te dice “¿pero tú has visto mis fachadas desconchadas y carcomidas? Ahora asómate a su interior e intuirás el palacete que fue y puede seguir siendo”
Cuando te sientes pequeñito Lisboa te dice “Fíjate en mis gentes, hablando en susurros en las calles pero…acércate a las casas de fado y verás cómo sin ningún tapujo se abren el pecho para hacer a sus entrañas cantar a viva voz”.

Si sientes que tu humildad no luce, Lisboa te abre el apetito con los olores de esas cocinas en tascas caseras que alimentan estómagos y espíritus hasta dar gloria.
Lisboa enseña que es lo auténtico lo que atrae, lo que gusta y lo que se disfruta. Esa ciudad tiene espejos por todas partes, en sus suelos relucientes, en su río, en su océano.
Lisboa te susurra desde sus miradouros, “ya me has descubierto, ya te has descubierto…ahora tú ya no te escapas ni de mí…ni de ti”.

Como ascua en mano

Ahora mismo me estoy acordando mucho de Buda y de Frozen al mismo tiempo. No sé si esto le ocurre a todas las personas de la humanidad o sólo a algunas. Pero a mi me ocurre en ocasiones que ciertas situaciones hacen que el cabreo me invada hasta tal punto que creo que mi persona podría servir de combustible para un tren a vapor Madrid-Burgos.

Ese sentimiento de indignación que causa enojo, según la RAE, hace que me metamorfosee en un auténtico martillo pilón durante un tiempo bastante incómodo para mí y para todos mis compañeros. Y es que no lo puedo evitar. Y es que además, pienso y siento que si lo intentase reprimir, explotaría como si fuera un lemming de estos suicidas.

Menos mal que un día viendo La 2, estaban echando un reportaje chulísimo sobre los reinos de Buda que iban salpicando con citas de este ser tan magnífico que era muy humano llamado Siddhartha.
Uno de esos mensajes decía algo así como (estoy parafraseando) que la ira, mundanamente llamada «cabreo monumental», es como un carbón candente en nuestras manos. Si lo mantienes durante mucho tiempo al final te terminas quemando. Y entonces tuve una epifanía ahí mismo, en ese momento, que me gustaría compartir por si a alguien le sirviera también. Es natural que sintamos ese enfado importante, de vez en cuando, en nuestras vidas. Hay situaciones que realmente causan un enojo bastante serio que no podemos controlar, y creo que es justo. Lo que sí está en nuestras manos, y nunca mejor dicho, es la habilidad para soltar ese fuego abrasador antes de que nos convierta en antorchas humanas.

¿Dónde entra Frozen en todo esto? Pues en mi caso me acuerdo de la peli y de su canción Let it go, que yo traduzco para mis adentros como “chica, déjalo ya” y que me ayuda bastante a dejar caer el carbón incandescente de mis manos y ya de paso a pensar un poco más nítida y serenamente, que es yo creo cómo se tiene que pensar.

Total, que me estoy dando cuenta de que esto de sentirse airado debe ser algo bastante comúnmente humano. A fin de cuentas Buda hablo de ello en el siglo V a.c. y la reina Elsa en Frozen a su manera también estaba hablando en su famosa canción de cómo manejaba sus cabreos, y todos lo sabemos, por eso pegó tan fuerte, vamos, estoy segura.

Estupidez justificada

“Papá, la gente que es estúpida, lo es por alguna razón”. Así empezó una reflexión que me lleva hasta estas líneas, y es que es algo que creo que hay que tener en cuenta porque… ¿quién no tiene o ha tenido cerca o, digo más, ha sido, una persona estúpida en algún momento de su existencia? Pues todos nosotros, seguramente.

La estupidez, es una cualidad que puede ser percibida de manera objetiva y/o subjetiva y que está sujeta a numerosos condicionantes. También puede ser pasajera, afortunadamente. Lo que me interesa a mí aquí es ¿cómo manejas la estupidez propia o ajena cuando no tienes otro remedio que aguantarla? A mí particularmente me anima a no generar mala sangre el pensar que esa persona, quizá yo misma, no venga de serie con esa condición y que seguramente haya tenido que experimentar ciertas situaciones complicadas que le hacen reaccionar ya sea de manera permanente o transitoria de una forma, pues en mi opinión, bastante estúpida la verdad.

Todo este ejercicio de comprensión lo he ido depurando con el tiempo, aunque todavía me cuesta a veces, ciertamente. Lo que también me ayuda, y parafraseando a Elvira Lindo o mejor dicho a Manolito Gafotas, esto lo han investigado científicos de todo el mundo (y yo también he hecho mucha observación participante), es que normalmente la capa de estupidez humana cotidiana (quién la tenga), en la mayoría de los casos suele ser muy fina. De manera que si resistes la tentación de mandar a ciertas personas al carajo de una manera prematura y consigues elevarte por encima del tufillo de estupidez, puedes descubrir gente bastante maja a la que se le ha dado pocas oportunidades de mostrar sus bondades. Con un poco de suerte, puedes incluso generar un grado de confianza tal que le puedas decir ciertas verdades sobre tu percepción de su estupidez, pero siempre de manera constructiva…y con todo el cariño claro. Al fin y al cabo se trata de hacer un mundo mejor entre todos.

Más vale bien acompañado

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«Unirse es el comienzo; estar juntos es el progreso; trabajar juntos es el éxito» Henry Ford. Imagen de Annie Spratt

Pertenecer a una comunidad humana con la que te reconoces y te identificas es como pisar sobre suelo firme. Es como tener la certeza de que la tierra nunca te va a dejar sin fruto si es cuidada, mimada y abonada cada día. Esa comunidad puede ser tu familia, tu grupo de amigos, tu equipo, tus compañeros… han sido muchas las personas que durante esta situación se han sentido solas, seguro. Pero también creo que, debido a este tiempo en barbecho en el que de repente tuvimos que soltar todo lo que teníamos entre manos y en algunas ocasiones, simplemente…yacer…han sido muchos los pensamientos, recuerdos y emociones los que han brotado inesperadamente. Y seguro, seguro que la mayoría de ellos eran protagonizados por personas.

Igual que podrías figurarte la vida de una persona por su cesta de la compra, de la misma manera podrías esbozar bastante fielmente la naturaleza de cualquiera de nosotros en base a su gente, a la que va y viene, a la que desaparece, pero sobre todo a la que siempre está ahí, algunas latentes, otras muy presentes.

Cada vez valoro más necesaria y preciada la idea de crear comunidad. Pero una comunidad con fundamento y de calidad. De esas que a fuerza de ser cocinadas con los mejores ingredientes y a fuego lento durante horas terminan haciendo un chup chup cuya esencia lo impregna todo. De esas que dejan una sensación de estar bien nutridos. De esas que te dejan el cuerpo y el alma bien satisfechos.

Sáhara seguimos siendo

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«Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya» Séneca

Estoy intentando recordar dónde leí aquello de que los ideales, los pensamientos y las creencias que más fuerte se defienden surgen de una gran emoción…y vamos, no podría estar más de acuerdo.
Todos hemos construido en muchas ocasiones nuestras creencias, ideas y convicciones más altas a partir de que nos hayan hecho sentir grandes emociones o grandes pasiones a favor o en contra. En otras situaciones ocurre que, una vez que conoces la realidad de los hechos, tu moral te dicta posicionarte irremediablemente, defender y apoyar lo que para ti resulta justo y necesario. Ambas cosas me llevaron a mí a amar y a situarme a favor del pueblo y de la causa saharaui. No recuerdo qué fue primero, si la pulsión moral o la pulsión emocional lo que me llevó a ellos. Bueno, para ser sincera, lo que realmente nos unió inicialmente fue un proyecto fin de carrera que me cayó en las manos inesperadamente.

Yo sabía del pueblo de habla Hassanía lo mismo que puede saber cualquier universitario que hubiera estudiado historia de España y de la descolonización de África. También es cierto que en las clases de etnología regional, en los pasillos, en la cafetería y en el césped de la facultad solía ser escuchadora de gente que sabía más del tema. Me llamaban la atención estas personas que sin tener una relación aparentemente fuerte con los moradores y refugiados del Sáhara Occidental, habían creado un vínculo de pasión desde el que hablaban cuando se referían a ellos. Yo, que inicialmente, y tengo que decirlo, no me había empapado mucho sobre la situación de los saharauis, me maravillaba ver a estas personas involucrarse tanto con una causa tan lejana en el tiempo, en el espacio, en lo social y en lo cultural, necia de mí. Pronto descubrí que de lo que hablaban era una herida abierta de un mismo cuerpo y de una misma alma que compartimos España y Sáhara Occidental.

Tras sentir la obligación moral de saber más sobre la situación y causa saharauis subí decidida a un avión con el resto de mis compañeros de proyecto fin de carrera rumbo a los campos de refugiados de Tindouf, en la Hamada argelina. Un lugar inhóspito y prestado por Argelia a los refugiado saharauis para lo que se suponía que iba a ser un periodo de tiempo limitado, esto fue hace más de 45 años. Debido a lo yermo y a lo poco fértil del paraje, y a la situación doliente de los refugiados, pensaba que mi primer encuentro con los saharauis iba a ser en condiciones de lamento, tristeza y rabia por ambas partes. No fue así. Fue desconcertante y al mismo tiempo impactante cómo lo estéril del paraje y de la aparente realidad que allí se presuponía contrastaba con un torrente de pasión por su vida, pero sobre todo por su vida pasada, aquella de nomadeo en su tierra arrebatada, y por su vida futura, aquella que gozar de vuelta en casa y por la que luchan día a día.

Mis compañeros y yo íbamos al encuentro de esas personas que habían tenido la oportunidad de vivir su vida en tierras saharauis antes de que el gobierno marroquí ocupara el Sáhara Occidental. El objetivo de nuestro proyecto era rescatar y plasmar sobre el papel la memoria oral de una cultura que se iba perdiendo a la espera de una solución justa que parece no llegar nunca. Es por ello que tuvimos el privilegio de conocer pura sabiduría y alma envueltas en pieles curtidas por el sol, en darrahs y en melfas.

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«La libertad está en ser dueños de la propia vida» Platón. Imagen de Jesús González

Recuerdo que en una ocasión, visitamos la casa de una persona de esas que llenan la estancia, en este caso la jaima, con su presencia. Era una mujer saharaui que tras hablar de sus rituales de construcción de jaimas, de rituales de nacimiento o matrimonio, comenzó a cantar. Fue en ese momento cuando pensé, esta gente tiene algo único que nadie le ha conseguido arrebatar. Esa mujer tenía las entrañas unidas a la tierra, mucho más abajo de las toneladas de arena que veíamos. Esa mujer estaba transmitiendo con su canto la vibración de la tierra donde nació ella y nacieron sus padres. Esa mujer tenía un poderío que no se podía aguantar.

Y como ella, podría hablar de los poetas saharauis, que con sus poesías liberaban aves de canto que hablaban de libertad, amor, tierra y tradición con una firmeza y una altura humana de esas con las que te apetece saludarlos haciendo una reverencia. Un espectáculo. Sobre todo porque dices, ¿de dónde sacan los saharauis que llevan 45 años refugiados en un desierto infértil toda esa fertilidad? Creo que ya la traían de casa.

Y esto no sólo se plasmaba en el folclore quizá más vistoso, no. Allí reparé en ese dicho que reza que los que menos tienen (aparentemente) son los que más dan. Bueno, yo creo que esa afirmación habría que explicarla mejor. Porque…los que menos tienen ¿qué? Supongo que se referirá a cuestiones materiales y comodidades, que de eso no tienen nada. Pero creo que tienen lo que hay que tener. Tienen una empatía que te hace sentirte en buenas manos; tienen una generosidad con la que te percibes abundante en medio del desierto; insisto, tienen una altura humana que hace sentirte frente a eminencias terrenales y espirituales, y sobre todo tienen una conciencia de sí mismos, de su gente y de su cultura que hacen que posean la eternidad.

He tenido la suerte de conocer y emocionarme con el pueblo saharaui. Es irresistible su poder magnético. La sensación de unión con ellos es la misma, a mi parecer, que la que tienes cuando te apetece sentirte cerca de alguien al que admiras y del que tienes mucho que aprender. Es mucho lo que les podemos aportar si aplicamos la responsabilidad histórica y la conciencia moral, pero creedme, es infinitamente más lo que ellos pueden ofrecernos a nosotros en condiciones de libertad.

Dedicado a nuestra gran familia saharaui, especialmente a nuestra madre saharaui, Naama y a nuestra hermana Watanya y a nuestro abuelo Hussein. Este artículo nace del cariño, del recuerdo y desde la experimentación real.

Chica, tú nunca pasas de moda

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«Hay que vivir como se piensa, si no se acaba por pensar como se ha vivido» Paul Charles Bourget . Imagen de Sasha Freemind en Unsplash

Hoy es el día del libro. Me refiero a hoy que estoy escribiendo estas líneas, tú me estarás leyendo más tarde, claro.
Se da la coincidencia de que acabo de terminar de leer un libro, y no cualquier libro, al menos para mí, y es por eso que me gustaría compartir la experiencia en estas líneas.
Quisiera, en primer lugar resaltar siempre, y hoy más que nunca, el valor la lectura porque parafraseando a Don Quijote, el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho. En definitiva, hay que vivir mucho para saber mucho. Y con los libros se vive. Pero se vive de una manera muy especial, porque por una parte, te sumerge en mundos, personajes, realidades muchas veces muy alejados de ti; pero por otra parte te acerca a tu persona; te hace descubrirte, y eso normalmente resulta muy gustoso la verdad.

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Exactamente eso es lo que me ha pasado a mí con este libro que mencionaba, “Ana de las Tejas Verdes”, “Anne of Green Gables” en su título original. Para empezar ya, el hecho de que te lo regalen. Que te lo regalen a ti, justo ese libro. Ahí empieza ya la experiencia. En mi caso, fue un regalo de unos seres muy queridos; lo trajeron de un viaje en el que por lo visto habían visitado una librería preciosa. Ya mi historia con ese libro empezó en ese mismo momento en el que alguien decidió en alguna librería de algún lugar de España que yo debía leerlo. Eso me hizo reflexionar en el hecho de que cuando te regalan un libro determinado, esas personas te están brindando la oportunidad, muchas veces involuntaria, de desvelarte cómo te perciben a través del contenido del libro, y eso me resulta muy interesante.

Pero volvamos a la historia de Anne. Tal y cómo comentaba Margaret Atwood en la edición que yo leí, preciosa por cierto, esta novela no es lo que se dice rompedora o reveladora o impactante. No. Lo que resulta único, original y profundamente inspirador para mi es el alma a través de la cual vivimos el relato. Anne Shirley es una joven huérfana y preadolescente que tras sufrir la muerte de sus padres cuando sólo contaba meses, comenzó a malvivir en un rosario de experiencias hostiles, carentes de amor, cariño o cualquier sensibilidad. Lejos de lo que podría parecer, Anne desarrolla una capacidad asombrosa para refugiarse en la belleza más absoluta, esa que ella misma se ha creado pico y pala con derroches de creatividad y contemplación de lo bello que nos rodea. El resultado es una niña arrebatadoramente vital siendo muy consciente del mundo real en el que vive.

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«La vida es un arco iris que incluye el negro» Yevgeny Yeytushenko. Imagen de Jeremy Bishop en Unsplash

La historia se desarrolla a finales del siglo XIX en Avonlea, un pueblo peninsular de la costa canadiense donde Anne encuentra por fin su hogar, más o menos por casualidad, tras pasar una temporada en un orfanato bastante horrible. La niña pasa a formar parte de la familia Cuthbert en la casa Tejas Verdes, de ahí el nombre del libro, obviamente.
Avonlea, se nos presenta como un pueblo en el que la exuberancia de la naturaleza que lo rodea contrasta con una geografía humana a simple vista cotidiana y poco reseñable para aquella época. Roles muy marcados, vidas que se rigen por las estaciones climáticas y por las construcciones sociales; por la satisfacción de expectativas ajenas, por el decoro y por el qué dirán. Y aquí llega Anne Shirley, totalmente ajena a esas normas sociales, algo que la hace sufrir cuando se topa bruscamente con ellas, y sin embargo, con un espíritu secretamente admirado por la mayoría de los habitantes de este pequeño pueblo ¿y por qué? Porque Anne, a pesar de su corta edad, está de vuelta, ha sufrido las normas del juego de la sociedad en las que vivía como una niña y sólo quiere Vivir, y eso se nota.

El magnífico entorno natural en el que se enmarca la obra y su espíritu libre y pleno son sus grandes aliados para abordar su nueva vida y los que habitan en ella. En Anne todo es derroche de posibilidades, de superación, de pasión por vivir. Aunque educada, no está encorsetada, y eso la hace muy disfrutona, a pesar de que eso no le evita sufrir las cornadas de lo que “debería ser” y no es. En la novela se ve claramente cómo esas almas más cercanas a ella que intentan meterla en la vereda en la que todos están, sienten al verla el contraste de sus vidas respecto a la que intentan encauzar, miden felicidades y en la cabeza del lector se destapa el pastel. No quiero desvelar nada más…sólo diré que todas esas presiones llevan a Anne a un estado de cierta tensión en el que intenta comportarse y sentir como manda el manual con más o menos éxito (eso ya se descubrirá); pero sólo añadiré que es su pureza de alma la que le hace triunfar, a todas luces, sin perder su esencia, e iluminando a los demás. A mi sinceramente, no se me ocurre mayor éxito.

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Después de bucear un poquito en la vida de la escritora de Ana la de Tejas Verdes, descubro a su creadora Lucy Maud Montgomery, una escritora canadiense cuya vida no es de extrañar que haya inspirado un personaje como Anne Shirley. Maud fue una mujer que vivió una infancia rodeada de adultos, por lo que en muchas ocasiones su compañía, su amiga y su gran aliada, era ella misma. Yo creo que desde pequeñita ella descubrió el poder de conocerse a uno mismo y de crear nuestras propias realidades.

Afortunadamente conozco a alguna que otra Anne Shirley y me da la impresión de que aquellas personas que me regalaron el libro creen que también. Este escrito va por vosotros.

De Recogida

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«Nuestro gran error es intentar obtener de cada uno en particular las virtudes que no tiene, y desdeñar el cultivo de las que posee» Marguerite Yourcenar. Foto de Petya Stoycheva en Pixabay

Esto para mí ha sido, y sigue siendo, como cuando después de un día movidito o de una noche de verbena una se vuelve a casa, de recogida, recordando momentos memorables que acaban de acontecer, y los repasa con el ojo observador de la memoria, reparando en lo que se había pasado por alto pero que resulta clave para el desenlace de los acontecimientos. Y luego al día siguiente, otros nuevos recuerdos vuelven a brotar espontáneamente sin querer, sin ni siquiera saber que estaban ahí o existían, y te ofrecen una nueva visión, un cambio de enfoque sutil, pero revelador.

Pues eso es lo que me ha pasado a mí durante este último año de retiro casero, básicamente. Si me tuviera que comparar en términos naturales, digamos que la vida que llevaba antes de «todo esto» sería la propia de un campo labrado para cosechar cereales. Sí, muy trabajado, muy aparente y ordenado y sobre todo, a todos ojos productivo. Pero llegó el cambio.

Yo fui de las afortunadas que lo único que tuvo que hacer fue quedarse en su casa. No voy a hablar de todas las dificultades, miedos e incomodidades que sabemos que esta nueva realidad ha producido y está produciendo, sobre eso ya hay mucha literatura.

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Me voy a centrar en la oportunidad, que a mí personalmente, me brindo esta singular circunstancia. De pronto estaba en mi casa, con mi gente, con mis cosas, conmigo misma. ¿El tiempo que le dedicaba a organizar agenda, gestionar vida laboral, o llegar al trabajo? todo para mí. El tiempo por castigo, que diría alguien; y silencio, mucho silencio, dentro y fuera, mucha quietud, de repente, como nunca.

Me aparté de las noticias que llegaban de fuera y abrí ese cuadernito, porque la mayoría tenemos un cuadernito, donde tenía escritas decenas de listas incompletas de cosas que quería hacer y nunca hice. Señalé las que eran realizables, y comencé a leer ese libro que tenía pendiente, volví a escuchar ese disco que me regalaron, me puse a ver esa serie que alguien me recomendó; por primera vez abrí el libro de recetas que mi madre me pasó hace meses. Todo lo hacía porque quería, todo lo hacía porque me apetecía.

También había momentos en barbecho, claro que sí. Momentos en los que simplemente, no hacía nada. Ahí era cuando comenzaban a brotar las memorias de tiempos pasados, más recientes pero también remotos, de los que hablaba antes cuando una viene de recogida. De pronto me surgieron recuerdos de la infancia, que jamás había recordado; conversaciones con personas que habían pasado por mi vida, memorias gratas, otras no tanto. Todas ellas me llevaban a ligeras reflexiones sobre esta vida, sobre mi vida, que nunca habían surgido, y que venían de ese espíritu reflexivo que llevamos dentro, de esa intuición, de esa esencia nuestra apagada que ahora podía expresarse y ser escuchada, abrirse paso por fin; y que me hablaba claramente sobre mí misma.

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Nunca me he sentido más yo. Nunca había encontrado las piezas de ese puzle que es mi vida, y en cuya falta no había reparado hasta ahora. No es que antes llevara una vida sin chispa e incompleta, no, nada de eso. Lo que pasa es que ahora, después de la recogida, después de escucharme, de dejarme pues…fluir, soy más consciente de quién soy, soy más plena en las decisiones que tomo, en lo que elijo y sobre todo, me lo paso mucho mejor. Porque ahora soy más como ese campo en el que aflora lo que naturalmente tiene que aflorar.

Es como la que sólo ha experimentado el aroma de las violetas a través de los caramelos a los que dan nombre (muy ricos, por cierto) y un día, como tiene tiempo y le da la gana, paseando descubre un campo de violetas silvestres en el que nunca había reparado, y descubre el auténtico aroma de las auténticas violetas silvestres y dice, claro, esto era, ahora sí.

…….Hace unos días una amiga me regaló un libro que tenía reservado para mi desde hace algún tiempo. Se llama Genki, y revela las 10 reglas de oro de los japoneses para vivir con alegría, serenidad y sentido. Sólo me he leído las dos primeras hasta la fecha; aquella que trata de dar sentido a lo que hacemos y aquella que trata de dar las gracias por lo que acontece. Supongo que con este relato intento aplicar las dos.

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«En un bosque se bifurcaron dos caminos, y yo… Yo tomé el menos transitado.
Esto marcó toda la diferencia» Robert Frost.

Anne Sullivan, creer para crear (en The Hire Tools)

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Imagen editada por Cio G, para The Hire Tools

 

La creatividad vive en nosotros, parece una cita de El Rey León, pero es así, doy fe. Recientemente he tenido la suerte de que se cruzaran en mi camino -prácticamente al mismo tiempo- la obra de David Bohm “Sobre la Creatividad”, un ensayo sobre la naturaleza de la creatividad y “The Miracle Worker” (1962) y película que muestra la experiencia de Anne Sullivan en su primera etapa como maestra de la niña ciega y sordomuda que más tarde se convertiría en la afamada activista e intelectual Helen Keller.

Cuando buceé en estas dos obras lo tuve claro: David Bohm me estaba enseñando en la teoría lo que Sullivan puso en práctica toda su vida, el acto de observar, crear e innovar.

Ver lo que otros no ven (da igual que seas ciego)

Si quiere saber cómo acaba… en The Hire Tools podrás encontrar el artículo completo

 

Quererse uno mismo, quererse uno siempre

 

                 

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«Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada» Goethe. Imagen de Jon Flobrant

Todo pasa por querer. Querer aunque no lo sepas.

Parto de la idea de que hay una voluntad interna que nos mueve a procurar el éxito de aquello que queremos. Y si te quieres a ti mismo, pero te quieres de verdad, desde el conocimiento de quién eres, tendrás uno de los misterios de la vida desbloqueado, algo que te ayudará a perseguir tus logros particulares, o al menos así lo creo.

Llevo tiempo queriendo escribir sobre las claves que potencialmente nos hacen conectarnos con nosotros mismos, creo que el conocerse a uno mismo es la única manera de saber qué queremos, de entendernos, comprendernos y mimarnos, de llegar a ser felices logrando nuestros éxitos personales, sean cuales sean, ya que los tenemos identificados.

“Llega a ser quién eres” me dijo una vez una de mis compañeras del alma “llega a ser quién eres” pensé…qué rotundidad.

Y es que hay ocasiones en las que pasamos por nuestra vida de puntillas, nos colocamos en piloto automático y entre atender los mandatos sociales, los usos y costumbres y preocuparnos por lo o los demás al final se nos va el vino en catas. Y no vivimos señoras y señores, o al menos, no nos vivimos todo lo que nos deberíamos vivir y cómo nos deberíamos vivir.

Por eso yo propongo que buceemos dentro de nosotros, que vayamos en búsqueda de esa perla que se va creando dentro de la concha de nuestras profundidades, perla creada granito a granito, conocimiento tras conocimiento, emoción tras emoción, experiencia tras experiencia. Que la descubramos y nos aferremos a ella como un náufrago a una boya salvavidas, para que podamos resurgir en un mar de oportunidades sabiendo que no nos vamos a hundir o flotar a la deriva.

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«La única cosa realmente valiosa es la intuición.» A. Einstein. Imagen de M. Weisbecker

Curiosamente estaba yo pensando en todas estas cosas cuando ha llegado a mi un artículo sobre un estudio de Richard Wiseman, un psicólogo de la Universidad de Hertfordshire, en el que básicamente identifica los elementos que nos pueden llevar a mejorar nuestra suerte. He creído bastante útiles y convenientes las ideas y conclusiones que se plasman en su libro The Luck Factor porque considero que enlazan directamente con el propósito de este artículo, es decir, conocerse, quererse, dejarse llevar por uno mismo a través del camino hacia nuestro éxito particular.

Tras estudiar cientos de experiencias de personas que consideraban tener buena suerte frente a otras que afirmaban lo contrario, Wiseman ha identificado cuatro principios básicos que las personas que se identificaban como “suertudas” llevaban a cabo para potenciar su buena suerte, son los siguientes:

Maximizar las oportunidades, es decir, crear y encontrar aquello que pueda mejorar nuestras actuales condiciones, trabajar en pos de nuestro bienestar, sabiendo qué es lo que nos beneficia.

Confiar en las corazonadas, tomar decisiones acertadas haciendo caso a nuestra intuición, a nuestros pálpitos, para ello hace falta escucharse, conocerse y confiar en uno mismo.

Ser optimista, diseñar un porvenir satisfactorio a través de expectativas realistas y positivas.

Valerse de la resiliencia para transformar la mala suerte en buena y es que todos nos hemos visto en alguna situación en la que hemos clamado al cielo “ no hay mal que por bien no venga”. Sé de varias personas a las que la crisis les hizo tomar la decisión de marchar a otro país donde desarrollaron la labor que siempre habían deseado o conocieron a la persona con la que compartir el resto de su vida.

Está claro que no todos tenemos la misma facilidad para desarrollar estos preceptos de manera natural y cotidiana, pero muchas veces todo consiste en dejarse llevar por el profundo conocimiento y confianza en uno mismo, aunque quizá eso sea lo que se nos complica.

Vivir feliz y plenamente a través de querer procurar nuestro éxito, alcanzando un conocimiento profundo de uno mismo, esa sería mi moraleja. Ser consciente también de que el camino del éxito pasa por terrenos sombríos, pero hay que seguir confiando, ya que tal y como me recuerda otro de los amores de mi vida “la vida no malgasta energías”.

 

Palabra del Hombre

                 

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«No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche» G.KH. Foto de Victoriano Izquierdo

Precisamente hoy, en un día en el que la resaca de conmoción hace que levites por las horas, inmerso en imágenes y noticias que te llevan a intentar dotar de sentido al presente. Hoy que la realidad sobrecogedora cae como un puntal sobre nuestras vidas; intentando comprender para encontrar una solución a todos esos nudos que estrangulan la humanidad, lo he descubierto.

Este hombre se acaba de convertir en uno de mis inspiradores de cabecera.

Ha sido por casualidad, como todo lo bueno, compartiendo con una gran amiga un ratito improvisado de este verano sofocante, que hoy bien podría compararse con la preparación para la llegada del infierno, pero no. No, porque ahí estaban sus palabras como soplos de aire fresco, sentencias que afloraban desde lo más profundo del ser humano, donde habita el don del genio, la sabiduría y el buen juicio.Cita-de-Gibran-Khalil

Después ha actuado la curiosidad, he sabido que nació en el seno de una familia humilde y que murió con 48 años en Nueva York debido a la cirrosis, entre otras causas; que fue poeta, pintor, novelista y ensayista. Vivió a caballo entre dos siglos el XIX y el XX, y su vida transcurrió entre tres continentes, África, América y Europa. Su obra pictórica fue comparada con la de Willian Blake y Rodin y seguía con gran interés la fe bahaísta cuya filosofía fundamental se basa en ideas como la unidad de la humanidad y de las religiones, la igualdad entre hombres y mujeres, la armonía entre la religión y la ciencia y la búsqueda individual de la verdad.

Desde pequeño destacó por sus dotes tanto artísticas como literarias, cultivadas desde su infancia gracias, entre otras razones, a los conocimientos sobre arte y saber universal que le inculcó su abuelo materno. Su obra literaria es prolija, incluso llegó a fundar una revista.
Buda, Nietzsche, Josephine Preston Peabody o Mary Haskell fueron grandes inspiraciones para él. Con un estilo místico, existencial y de gran carga de espiritualidad oriental él mismo inspiró a la generación de la contracultura americana. Se dice que el mismo Elvis Presley quedo inmensamente impresionado por una de sus obras cumbres, “El profeta”, y que incluso John Lennon tomó una de sus frases y la modificó ligeramente para introducirla en la letra de “Hey Jude”. David Bowie también mencionaría a este artista en la canción The Width Of a Circle, de su álbum The Man Who Sold the World (1970).

Gran estudioso y defensor de la lengua árabe, eruditos orientalistas dicen que su nacionalismo convivió en su mente mano a mano con el internacionalismo. Aunque su vida esta impregnada de una constante esencia religiosa, su estilo se puede considerar más místico y espiritual, derivado de las influencias recibidas por el cristianismo, el islam, el judaísmo y la teosofía. Él mismo llegó a declarar “Ustedes son mis hermanos y los amo. Los amo cuando se postran en sus mezquitas, se arrodillan en sus iglesias y oran en sus sinagogas. Ustedes y yo somos hijos de una sola fe: el Espíritu”.

“El Profeta”, su obra cumbre

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«Los dones que provienen de la justicia son superiores a los que se originan en la caridad» G.KH. Foto de Nibras al Riyami

A través de las enseñanzas de la figura de un profeta, el libro trata de diversos temas fundamentales en la vida de todo hombre y de toda mujer. Temas como el amor, el matrimonio, los hijos, el dar, el comer y el beber, el trabajo, la alegría y el dolor, las casas, el vestir, el comprar y el vender, el crimen y el castigo, las leyes, la libertad, la razón y la pasión, el dolor, el conocimiento, el enseñar, la amistad, el hablar, el tiempo, lo bueno y lo malo, la oración, el placer, la belleza, la religión, y la muerte. 

Lecciones simples, sabias, reveladoras de esa luz, de esa verdad, que todos llevamos dentro y que late dentro de nosotros recordándonos quiénes somos y contrastándolo con en quiénes nos estamos convirtiendo.

Él es جبران خليل جبران بن ميخائل بن سعد, árabe libanés, o Gibran Khlalil Gibran, como muchos de vosotros, afortunadamente, ya lo conoceréis.

Aquí os dejo la traducción al español de lo que Gibran Khalil nos transmite, a través de El Profeta, sobre los hijos.

Y una mujer que llevaba un niño en brazos dijo, Háblanos de los Hijos.
Y dijo él:
Vuestros hijos no son vuestros hijos.
Son los hijos y las hijas de la llamada de la Vida a sí misma.
Vienen a través vuestro, pero no de vosotros,
y aunque estén con vosotros, no os pertenecen.

Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos,
porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Podéis abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, 
pues sus almas habitan en la mansión del mañana,
que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños.
Podéis esforzaros en ser como ellos,
pero no intentéis hacerlos a ellos como a vosotros,
ya que la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.

Sois los arcos por los que vuestros hijos,
cual flechas vivas, son lanzados.
El arquero ve el blanco en el camino del infinito,
y Él, con Su poder, os tenderá, 
para que Sus flechas puedan volar rápidas y lejos.

Que la tensión que os causa la mano del Arquero sea vuestro gozo,
ya que así como Él ama la flecha que vuela,
ama también el arco que permanece inmóvil.

(Hijos, El Profeta, Khalil Gibran, ed. Obelisco,2017)