Estupidez justificada

“Papá, la gente que es estúpida, lo es por alguna razón”. Así empezó una reflexión que me lleva hasta estas líneas, y es que es algo que creo que hay que tener en cuenta porque… ¿quién no tiene o ha tenido cerca o, digo más, ha sido, una persona estúpida en algún momento de su existencia? Pues todos nosotros, seguramente.

La estupidez, es una cualidad que puede ser percibida de manera objetiva y/o subjetiva y que está sujeta a numerosos condicionantes. También puede ser pasajera, afortunadamente. Lo que me interesa a mí aquí es ¿cómo manejas la estupidez propia o ajena cuando no tienes otro remedio que aguantarla? A mí particularmente me anima a no generar mala sangre el pensar que esa persona, quizá yo misma, no venga de serie con esa condición y que seguramente haya tenido que experimentar ciertas situaciones complicadas que le hacen reaccionar ya sea de manera permanente o transitoria de una forma, pues en mi opinión, bastante estúpida la verdad.

Todo este ejercicio de comprensión lo he ido depurando con el tiempo, aunque todavía me cuesta a veces, ciertamente. Lo que también me ayuda, y parafraseando a Elvira Lindo o mejor dicho a Manolito Gafotas, esto lo han investigado científicos de todo el mundo (y yo también he hecho mucha observación participante), es que normalmente la capa de estupidez humana cotidiana (quién la tenga), en la mayoría de los casos suele ser muy fina. De manera que si resistes la tentación de mandar a ciertas personas al carajo de una manera prematura y consigues elevarte por encima del tufillo de estupidez, puedes descubrir gente bastante maja a la que se le ha dado pocas oportunidades de mostrar sus bondades. Con un poco de suerte, puedes incluso generar un grado de confianza tal que le puedas decir ciertas verdades sobre tu percepción de su estupidez, pero siempre de manera constructiva…y con todo el cariño claro. Al fin y al cabo se trata de hacer un mundo mejor entre todos.

Más vale bien acompañado

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«Unirse es el comienzo; estar juntos es el progreso; trabajar juntos es el éxito» Henry Ford. Imagen de Annie Spratt

Pertenecer a una comunidad humana con la que te reconoces y te identificas es como pisar sobre suelo firme. Es como tener la certeza de que la tierra nunca te va a dejar sin fruto si es cuidada, mimada y abonada cada día. Esa comunidad puede ser tu familia, tu grupo de amigos, tu equipo, tus compañeros… han sido muchas las personas que durante esta situación se han sentido solas, seguro. Pero también creo que, debido a este tiempo en barbecho en el que de repente tuvimos que soltar todo lo que teníamos entre manos y en algunas ocasiones, simplemente…yacer…han sido muchos los pensamientos, recuerdos y emociones los que han brotado inesperadamente. Y seguro, seguro que la mayoría de ellos eran protagonizados por personas.

Igual que podrías figurarte la vida de una persona por su cesta de la compra, de la misma manera podrías esbozar bastante fielmente la naturaleza de cualquiera de nosotros en base a su gente, a la que va y viene, a la que desaparece, pero sobre todo a la que siempre está ahí, algunas latentes, otras muy presentes.

Cada vez valoro más necesaria y preciada la idea de crear comunidad. Pero una comunidad con fundamento y de calidad. De esas que a fuerza de ser cocinadas con los mejores ingredientes y a fuego lento durante horas terminan haciendo un chup chup cuya esencia lo impregna todo. De esas que dejan una sensación de estar bien nutridos. De esas que te dejan el cuerpo y el alma bien satisfechos.

Sáhara seguimos siendo

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«Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya» Séneca

Estoy intentando recordar dónde leí aquello de que los ideales, los pensamientos y las creencias que más fuerte se defienden surgen de una gran emoción…y vamos, no podría estar más de acuerdo.
Todos hemos construido en muchas ocasiones nuestras creencias, ideas y convicciones más altas a partir de que nos hayan hecho sentir grandes emociones o grandes pasiones a favor o en contra. En otras situaciones ocurre que, una vez que conoces la realidad de los hechos, tu moral te dicta posicionarte irremediablemente, defender y apoyar lo que para ti resulta justo y necesario. Ambas cosas me llevaron a mí a amar y a situarme a favor del pueblo y de la causa saharaui. No recuerdo qué fue primero, si la pulsión moral o la pulsión emocional lo que me llevó a ellos. Bueno, para ser sincera, lo que realmente nos unió inicialmente fue un proyecto fin de carrera que me cayó en las manos inesperadamente.

Yo sabía del pueblo de habla Hassanía lo mismo que puede saber cualquier universitario que hubiera estudiado historia de España y de la descolonización de África. También es cierto que en las clases de etnología regional, en los pasillos, en la cafetería y en el césped de la facultad solía ser escuchadora de gente que sabía más del tema. Me llamaban la atención estas personas que sin tener una relación aparentemente fuerte con los moradores y refugiados del Sáhara Occidental, habían creado un vínculo de pasión desde el que hablaban cuando se referían a ellos. Yo, que inicialmente, y tengo que decirlo, no me había empapado mucho sobre la situación de los saharauis, me maravillaba ver a estas personas involucrarse tanto con una causa tan lejana en el tiempo, en el espacio, en lo social y en lo cultural, necia de mí. Pronto descubrí que de lo que hablaban era una herida abierta de un mismo cuerpo y de una misma alma que compartimos España y Sáhara Occidental.

Tras sentir la obligación moral de saber más sobre la situación y causa saharauis subí decidida a un avión con el resto de mis compañeros de proyecto fin de carrera rumbo a los campos de refugiados de Tindouf, en la Hamada argelina. Un lugar inhóspito y prestado por Argelia a los refugiado saharauis para lo que se suponía que iba a ser un periodo de tiempo limitado, esto fue hace más de 45 años. Debido a lo yermo y a lo poco fértil del paraje, y a la situación doliente de los refugiados, pensaba que mi primer encuentro con los saharauis iba a ser en condiciones de lamento, tristeza y rabia por ambas partes. No fue así. Fue desconcertante y al mismo tiempo impactante cómo lo estéril del paraje y de la aparente realidad que allí se presuponía contrastaba con un torrente de pasión por su vida, pero sobre todo por su vida pasada, aquella de nomadeo en su tierra arrebatada, y por su vida futura, aquella que gozar de vuelta en casa y por la que luchan día a día.

Mis compañeros y yo íbamos al encuentro de esas personas que habían tenido la oportunidad de vivir su vida en tierras saharauis antes de que el gobierno marroquí ocupara el Sáhara Occidental. El objetivo de nuestro proyecto era rescatar y plasmar sobre el papel la memoria oral de una cultura que se iba perdiendo a la espera de una solución justa que parece no llegar nunca. Es por ello que tuvimos el privilegio de conocer pura sabiduría y alma envueltas en pieles curtidas por el sol, en darrahs y en melfas.

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«La libertad está en ser dueños de la propia vida» Platón. Imagen de Jesús González

Recuerdo que en una ocasión, visitamos la casa de una persona de esas que llenan la estancia, en este caso la jaima, con su presencia. Era una mujer saharaui que tras hablar de sus rituales de construcción de jaimas, de rituales de nacimiento o matrimonio, comenzó a cantar. Fue en ese momento cuando pensé, esta gente tiene algo único que nadie le ha conseguido arrebatar. Esa mujer tenía las entrañas unidas a la tierra, mucho más abajo de las toneladas de arena que veíamos. Esa mujer estaba transmitiendo con su canto la vibración de la tierra donde nació ella y nacieron sus padres. Esa mujer tenía un poderío que no se podía aguantar.

Y como ella, podría hablar de los poetas saharauis, que con sus poesías liberaban aves de canto que hablaban de libertad, amor, tierra y tradición con una firmeza y una altura humana de esas con las que te apetece saludarlos haciendo una reverencia. Un espectáculo. Sobre todo porque dices, ¿de dónde sacan los saharauis que llevan 45 años refugiados en un desierto infértil toda esa fertilidad? Creo que ya la traían de casa.

Y esto no sólo se plasmaba en el folclore quizá más vistoso, no. Allí reparé en ese dicho que reza que los que menos tienen (aparentemente) son los que más dan. Bueno, yo creo que esa afirmación habría que explicarla mejor. Porque…los que menos tienen ¿qué? Supongo que se referirá a cuestiones materiales y comodidades, que de eso no tienen nada. Pero creo que tienen lo que hay que tener. Tienen una empatía que te hace sentirte en buenas manos; tienen una generosidad con la que te percibes abundante en medio del desierto; insisto, tienen una altura humana que hace sentirte frente a eminencias terrenales y espirituales, y sobre todo tienen una conciencia de sí mismos, de su gente y de su cultura que hacen que posean la eternidad.

He tenido la suerte de conocer y emocionarme con el pueblo saharaui. Es irresistible su poder magnético. La sensación de unión con ellos es la misma, a mi parecer, que la que tienes cuando te apetece sentirte cerca de alguien al que admiras y del que tienes mucho que aprender. Es mucho lo que les podemos aportar si aplicamos la responsabilidad histórica y la conciencia moral, pero creedme, es infinitamente más lo que ellos pueden ofrecernos a nosotros en condiciones de libertad.

Dedicado a nuestra gran familia saharaui, especialmente a nuestra madre saharaui, Naama y a nuestra hermana Watanya y a nuestro abuelo Hussein. Este artículo nace del cariño, del recuerdo y desde la experimentación real.

Chica, tú nunca pasas de moda

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«Hay que vivir como se piensa, si no se acaba por pensar como se ha vivido» Paul Charles Bourget . Imagen de Sasha Freemind en Unsplash

Hoy es el día del libro. Me refiero a hoy que estoy escribiendo estas líneas, tú me estarás leyendo más tarde, claro.
Se da la coincidencia de que acabo de terminar de leer un libro, y no cualquier libro, al menos para mí, y es por eso que me gustaría compartir la experiencia en estas líneas.
Quisiera, en primer lugar resaltar siempre, y hoy más que nunca, el valor la lectura porque parafraseando a Don Quijote, el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho. En definitiva, hay que vivir mucho para saber mucho. Y con los libros se vive. Pero se vive de una manera muy especial, porque por una parte, te sumerge en mundos, personajes, realidades muchas veces muy alejados de ti; pero por otra parte te acerca a tu persona; te hace descubrirte, y eso normalmente resulta muy gustoso la verdad.

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Exactamente eso es lo que me ha pasado a mí con este libro que mencionaba, “Ana de las Tejas Verdes”, “Anne of Green Gables” en su título original. Para empezar ya, el hecho de que te lo regalen. Que te lo regalen a ti, justo ese libro. Ahí empieza ya la experiencia. En mi caso, fue un regalo de unos seres muy queridos; lo trajeron de un viaje en el que por lo visto habían visitado una librería preciosa. Ya mi historia con ese libro empezó en ese mismo momento en el que alguien decidió en alguna librería de algún lugar de España que yo debía leerlo. Eso me hizo reflexionar en el hecho de que cuando te regalan un libro determinado, esas personas te están brindando la oportunidad, muchas veces involuntaria, de desvelarte cómo te perciben a través del contenido del libro, y eso me resulta muy interesante.

Pero volvamos a la historia de Anne. Tal y cómo comentaba Margaret Atwood en la edición que yo leí, preciosa por cierto, esta novela no es lo que se dice rompedora o reveladora o impactante. No. Lo que resulta único, original y profundamente inspirador para mi es el alma a través de la cual vivimos el relato. Anne Shirley es una joven huérfana y preadolescente que tras sufrir la muerte de sus padres cuando sólo contaba meses, comenzó a malvivir en un rosario de experiencias hostiles, carentes de amor, cariño o cualquier sensibilidad. Lejos de lo que podría parecer, Anne desarrolla una capacidad asombrosa para refugiarse en la belleza más absoluta, esa que ella misma se ha creado pico y pala con derroches de creatividad y contemplación de lo bello que nos rodea. El resultado es una niña arrebatadoramente vital siendo muy consciente del mundo real en el que vive.

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«La vida es un arco iris que incluye el negro» Yevgeny Yeytushenko. Imagen de Jeremy Bishop en Unsplash

La historia se desarrolla a finales del siglo XIX en Avonlea, un pueblo peninsular de la costa canadiense donde Anne encuentra por fin su hogar, más o menos por casualidad, tras pasar una temporada en un orfanato bastante horrible. La niña pasa a formar parte de la familia Cuthbert en la casa Tejas Verdes, de ahí el nombre del libro, obviamente.
Avonlea, se nos presenta como un pueblo en el que la exuberancia de la naturaleza que lo rodea contrasta con una geografía humana a simple vista cotidiana y poco reseñable para aquella época. Roles muy marcados, vidas que se rigen por las estaciones climáticas y por las construcciones sociales; por la satisfacción de expectativas ajenas, por el decoro y por el qué dirán. Y aquí llega Anne Shirley, totalmente ajena a esas normas sociales, algo que la hace sufrir cuando se topa bruscamente con ellas, y sin embargo, con un espíritu secretamente admirado por la mayoría de los habitantes de este pequeño pueblo ¿y por qué? Porque Anne, a pesar de su corta edad, está de vuelta, ha sufrido las normas del juego de la sociedad en las que vivía como una niña y sólo quiere Vivir, y eso se nota.

El magnífico entorno natural en el que se enmarca la obra y su espíritu libre y pleno son sus grandes aliados para abordar su nueva vida y los que habitan en ella. En Anne todo es derroche de posibilidades, de superación, de pasión por vivir. Aunque educada, no está encorsetada, y eso la hace muy disfrutona, a pesar de que eso no le evita sufrir las cornadas de lo que “debería ser” y no es. En la novela se ve claramente cómo esas almas más cercanas a ella que intentan meterla en la vereda en la que todos están, sienten al verla el contraste de sus vidas respecto a la que intentan encauzar, miden felicidades y en la cabeza del lector se destapa el pastel. No quiero desvelar nada más…sólo diré que todas esas presiones llevan a Anne a un estado de cierta tensión en el que intenta comportarse y sentir como manda el manual con más o menos éxito (eso ya se descubrirá); pero sólo añadiré que es su pureza de alma la que le hace triunfar, a todas luces, sin perder su esencia, e iluminando a los demás. A mi sinceramente, no se me ocurre mayor éxito.

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Después de bucear un poquito en la vida de la escritora de Ana la de Tejas Verdes, descubro a su creadora Lucy Maud Montgomery, una escritora canadiense cuya vida no es de extrañar que haya inspirado un personaje como Anne Shirley. Maud fue una mujer que vivió una infancia rodeada de adultos, por lo que en muchas ocasiones su compañía, su amiga y su gran aliada, era ella misma. Yo creo que desde pequeñita ella descubrió el poder de conocerse a uno mismo y de crear nuestras propias realidades.

Afortunadamente conozco a alguna que otra Anne Shirley y me da la impresión de que aquellas personas que me regalaron el libro creen que también. Este escrito va por vosotros.