Chica, tú nunca pasas de moda

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«Hay que vivir como se piensa, si no se acaba por pensar como se ha vivido» Paul Charles Bourget . Imagen de Sasha Freemind en Unsplash

Hoy es el día del libro. Me refiero a hoy que estoy escribiendo estas líneas, tú me estarás leyendo más tarde, claro.
Se da la coincidencia de que acabo de terminar de leer un libro, y no cualquier libro, al menos para mí, y es por eso que me gustaría compartir la experiencia en estas líneas.
Quisiera, en primer lugar resaltar siempre, y hoy más que nunca, el valor la lectura porque parafraseando a Don Quijote, el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho. En definitiva, hay que vivir mucho para saber mucho. Y con los libros se vive. Pero se vive de una manera muy especial, porque por una parte, te sumerge en mundos, personajes, realidades muchas veces muy alejados de ti; pero por otra parte te acerca a tu persona; te hace descubrirte, y eso normalmente resulta muy gustoso la verdad.

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Exactamente eso es lo que me ha pasado a mí con este libro que mencionaba, “Ana de las Tejas Verdes”, “Anne of Green Gables” en su título original. Para empezar ya, el hecho de que te lo regalen. Que te lo regalen a ti, justo ese libro. Ahí empieza ya la experiencia. En mi caso, fue un regalo de unos seres muy queridos; lo trajeron de un viaje en el que por lo visto habían visitado una librería preciosa. Ya mi historia con ese libro empezó en ese mismo momento en el que alguien decidió en alguna librería de algún lugar de España que yo debía leerlo. Eso me hizo reflexionar en el hecho de que cuando te regalan un libro determinado, esas personas te están brindando la oportunidad, muchas veces involuntaria, de desvelarte cómo te perciben a través del contenido del libro, y eso me resulta muy interesante.

Pero volvamos a la historia de Anne. Tal y cómo comentaba Margaret Atwood en la edición que yo leí, preciosa por cierto, esta novela no es lo que se dice rompedora o reveladora o impactante. No. Lo que resulta único, original y profundamente inspirador para mi es el alma a través de la cual vivimos el relato. Anne Shirley es una joven huérfana y preadolescente que tras sufrir la muerte de sus padres cuando sólo contaba meses, comenzó a malvivir en un rosario de experiencias hostiles, carentes de amor, cariño o cualquier sensibilidad. Lejos de lo que podría parecer, Anne desarrolla una capacidad asombrosa para refugiarse en la belleza más absoluta, esa que ella misma se ha creado pico y pala con derroches de creatividad y contemplación de lo bello que nos rodea. El resultado es una niña arrebatadoramente vital siendo muy consciente del mundo real en el que vive.

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«La vida es un arco iris que incluye el negro» Yevgeny Yeytushenko. Imagen de Jeremy Bishop en Unsplash

La historia se desarrolla a finales del siglo XIX en Avonlea, un pueblo peninsular de la costa canadiense donde Anne encuentra por fin su hogar, más o menos por casualidad, tras pasar una temporada en un orfanato bastante horrible. La niña pasa a formar parte de la familia Cuthbert en la casa Tejas Verdes, de ahí el nombre del libro, obviamente.
Avonlea, se nos presenta como un pueblo en el que la exuberancia de la naturaleza que lo rodea contrasta con una geografía humana a simple vista cotidiana y poco reseñable para aquella época. Roles muy marcados, vidas que se rigen por las estaciones climáticas y por las construcciones sociales; por la satisfacción de expectativas ajenas, por el decoro y por el qué dirán. Y aquí llega Anne Shirley, totalmente ajena a esas normas sociales, algo que la hace sufrir cuando se topa bruscamente con ellas, y sin embargo, con un espíritu secretamente admirado por la mayoría de los habitantes de este pequeño pueblo ¿y por qué? Porque Anne, a pesar de su corta edad, está de vuelta, ha sufrido las normas del juego de la sociedad en las que vivía como una niña y sólo quiere Vivir, y eso se nota.

El magnífico entorno natural en el que se enmarca la obra y su espíritu libre y pleno son sus grandes aliados para abordar su nueva vida y los que habitan en ella. En Anne todo es derroche de posibilidades, de superación, de pasión por vivir. Aunque educada, no está encorsetada, y eso la hace muy disfrutona, a pesar de que eso no le evita sufrir las cornadas de lo que “debería ser” y no es. En la novela se ve claramente cómo esas almas más cercanas a ella que intentan meterla en la vereda en la que todos están, sienten al verla el contraste de sus vidas respecto a la que intentan encauzar, miden felicidades y en la cabeza del lector se destapa el pastel. No quiero desvelar nada más…sólo diré que todas esas presiones llevan a Anne a un estado de cierta tensión en el que intenta comportarse y sentir como manda el manual con más o menos éxito (eso ya se descubrirá); pero sólo añadiré que es su pureza de alma la que le hace triunfar, a todas luces, sin perder su esencia, e iluminando a los demás. A mi sinceramente, no se me ocurre mayor éxito.

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Después de bucear un poquito en la vida de la escritora de Ana la de Tejas Verdes, descubro a su creadora Lucy Maud Montgomery, una escritora canadiense cuya vida no es de extrañar que haya inspirado un personaje como Anne Shirley. Maud fue una mujer que vivió una infancia rodeada de adultos, por lo que en muchas ocasiones su compañía, su amiga y su gran aliada, era ella misma. Yo creo que desde pequeñita ella descubrió el poder de conocerse a uno mismo y de crear nuestras propias realidades.

Afortunadamente conozco a alguna que otra Anne Shirley y me da la impresión de que aquellas personas que me regalaron el libro creen que también. Este escrito va por vosotros.

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