Sáhara seguimos siendo

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«Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya» Séneca

Estoy intentando recordar dónde leí aquello de que los ideales, los pensamientos y las creencias que más fuerte se defienden surgen de una gran emoción…y vamos, no podría estar más de acuerdo.
Todos hemos construido en muchas ocasiones nuestras creencias, ideas y convicciones más altas a partir de que nos hayan hecho sentir grandes emociones o grandes pasiones a favor o en contra. En otras situaciones ocurre que, una vez que conoces la realidad de los hechos, tu moral te dicta posicionarte irremediablemente, defender y apoyar lo que para ti resulta justo y necesario. Ambas cosas me llevaron a mí a amar y a situarme a favor del pueblo y de la causa saharaui. No recuerdo qué fue primero, si la pulsión moral o la pulsión emocional lo que me llevó a ellos. Bueno, para ser sincera, lo que realmente nos unió inicialmente fue un proyecto fin de carrera que me cayó en las manos inesperadamente.

Yo sabía del pueblo de habla Hassanía lo mismo que puede saber cualquier universitario que hubiera estudiado historia de España y de la descolonización de África. También es cierto que en las clases de etnología regional, en los pasillos, en la cafetería y en el césped de la facultad solía ser escuchadora de gente que sabía más del tema. Me llamaban la atención estas personas que sin tener una relación aparentemente fuerte con los moradores y refugiados del Sáhara Occidental, habían creado un vínculo de pasión desde el que hablaban cuando se referían a ellos. Yo, que inicialmente, y tengo que decirlo, no me había empapado mucho sobre la situación de los saharauis, me maravillaba ver a estas personas involucrarse tanto con una causa tan lejana en el tiempo, en el espacio, en lo social y en lo cultural, necia de mí. Pronto descubrí que de lo que hablaban era una herida abierta de un mismo cuerpo y de una misma alma que compartimos España y Sáhara Occidental.

Tras sentir la obligación moral de saber más sobre la situación y causa saharauis subí decidida a un avión con el resto de mis compañeros de proyecto fin de carrera rumbo a los campos de refugiados de Tindouf, en la Hamada argelina. Un lugar inhóspito y prestado por Argelia a los refugiado saharauis para lo que se suponía que iba a ser un periodo de tiempo limitado, esto fue hace más de 45 años. Debido a lo yermo y a lo poco fértil del paraje, y a la situación doliente de los refugiados, pensaba que mi primer encuentro con los saharauis iba a ser en condiciones de lamento, tristeza y rabia por ambas partes. No fue así. Fue desconcertante y al mismo tiempo impactante cómo lo estéril del paraje y de la aparente realidad que allí se presuponía contrastaba con un torrente de pasión por su vida, pero sobre todo por su vida pasada, aquella de nomadeo en su tierra arrebatada, y por su vida futura, aquella que gozar de vuelta en casa y por la que luchan día a día.

Mis compañeros y yo íbamos al encuentro de esas personas que habían tenido la oportunidad de vivir su vida en tierras saharauis antes de que el gobierno marroquí ocupara el Sáhara Occidental. El objetivo de nuestro proyecto era rescatar y plasmar sobre el papel la memoria oral de una cultura que se iba perdiendo a la espera de una solución justa que parece no llegar nunca. Es por ello que tuvimos el privilegio de conocer pura sabiduría y alma envueltas en pieles curtidas por el sol, en darrahs y en melfas.

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«La libertad está en ser dueños de la propia vida» Platón. Imagen de Jesús González

Recuerdo que en una ocasión, visitamos la casa de una persona de esas que llenan la estancia, en este caso la jaima, con su presencia. Era una mujer saharaui que tras hablar de sus rituales de construcción de jaimas, de rituales de nacimiento o matrimonio, comenzó a cantar. Fue en ese momento cuando pensé, esta gente tiene algo único que nadie le ha conseguido arrebatar. Esa mujer tenía las entrañas unidas a la tierra, mucho más abajo de las toneladas de arena que veíamos. Esa mujer estaba transmitiendo con su canto la vibración de la tierra donde nació ella y nacieron sus padres. Esa mujer tenía un poderío que no se podía aguantar.

Y como ella, podría hablar de los poetas saharauis, que con sus poesías liberaban aves de canto que hablaban de libertad, amor, tierra y tradición con una firmeza y una altura humana de esas con las que te apetece saludarlos haciendo una reverencia. Un espectáculo. Sobre todo porque dices, ¿de dónde sacan los saharauis que llevan 45 años refugiados en un desierto infértil toda esa fertilidad? Creo que ya la traían de casa.

Y esto no sólo se plasmaba en el folclore quizá más vistoso, no. Allí reparé en ese dicho que reza que los que menos tienen (aparentemente) son los que más dan. Bueno, yo creo que esa afirmación habría que explicarla mejor. Porque…los que menos tienen ¿qué? Supongo que se referirá a cuestiones materiales y comodidades, que de eso no tienen nada. Pero creo que tienen lo que hay que tener. Tienen una empatía que te hace sentirte en buenas manos; tienen una generosidad con la que te percibes abundante en medio del desierto; insisto, tienen una altura humana que hace sentirte frente a eminencias terrenales y espirituales, y sobre todo tienen una conciencia de sí mismos, de su gente y de su cultura que hacen que posean la eternidad.

He tenido la suerte de conocer y emocionarme con el pueblo saharaui. Es irresistible su poder magnético. La sensación de unión con ellos es la misma, a mi parecer, que la que tienes cuando te apetece sentirte cerca de alguien al que admiras y del que tienes mucho que aprender. Es mucho lo que les podemos aportar si aplicamos la responsabilidad histórica y la conciencia moral, pero creedme, es infinitamente más lo que ellos pueden ofrecernos a nosotros en condiciones de libertad.

Dedicado a nuestra gran familia saharaui, especialmente a nuestra madre saharaui, Naama y a nuestra hermana Watanya y a nuestro abuelo Hussein. Este artículo nace del cariño, del recuerdo y desde la experimentación real.

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