Menina e moça

Tiene nombre de mujer, pero es tan suya que yo no la catalogaría bajo ningún género.
Ella se muestra tan auténtica que a mí me hace sentir vergüenza el sentir pudor. Parece que con su luz meridional y atlántica te abraza y te invita a despojarte de trapos sucios y pieles muertas.

Lisboa te llama al orden si te pilla por algún casual en horas bajas contigo mismo. Lisboa da ejemplo. Lisboa te dice, “mírame a mí con mis callejuelas estrechas, lúgubres y mudas cómo me abro paso a encaladas casonas salpicadas de azulejería celestial”. Ella te enseña cómo pavimentos destrozados por el abandono se unen a mantos de teselas pulidas que reflejan en un mosaico de luz las puertas de un paraíso.
Si te sientes feo te dice “¿pero tú has visto mis fachadas desconchadas y carcomidas? Ahora asómate a su interior e intuirás el palacete que fue y puede seguir siendo”
Cuando te sientes pequeñito Lisboa te dice “Fíjate en mis gentes, hablando en susurros en las calles pero…acércate a las casas de fado y verás cómo sin ningún tapujo se abren el pecho para hacer a sus entrañas cantar a viva voz”.

Si sientes que tu humildad no luce, Lisboa te abre el apetito con los olores de esas cocinas en tascas caseras que alimentan estómagos y espíritus hasta dar gloria.
Lisboa enseña que es lo auténtico lo que atrae, lo que gusta y lo que se disfruta. Esa ciudad tiene espejos por todas partes, en sus suelos relucientes, en su río, en su océano.
Lisboa te susurra desde sus miradouros, “ya me has descubierto, ya te has descubierto…ahora tú ya no te escapas ni de mí…ni de ti”.